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Saturday, January 5, 2013

Revista Conexos

Amigos,
Los invito a leer el onceavo número de la Revista Conexos:
http://www.conexos.org/

Monday, June 27, 2011

Reinaldo García Ramos / Una entrevista...click!

Por Manny López en Gaspar, El Lugareño.

Reinaldo García Ramos / Generación del Mariel.

Tuesday, September 14, 2010

La cucaracha y el cocuyo / Reinaldo García Ramos

En mi reciente Hablando bloguerias No.45, me refería a varias ilustraciones mías para textos literarios. Ilustraciones por encargo o como colaboración en periódicos culturales de los 80-90s, tales como Noticias de Arte, Linden Line Magazine, Mariel, Leiram, Stet, Ars y algún que otro en Amnesia-Land.
Las que me ocupan ahora, son tres ilustraciones para tres fábulas en un trabajo de colaboración con el escritor y poeta cubano, Reinaldo García Ramos para Noticias de Arte, bajo la dirección del legendario, Florencio García Cisneros en 1983.
*
Cepp Selgas / La cucaracha y el cocuyo / Tinta sobre papel / 6X6in. / 1983.

― ¡Soy horrible! ¡Mira estas patas peludas y estas alas ennegrecidas! Me nutro de inmundicias… ¡soy un asco!
―Pero te quiero ―respondió el cocuyo.
― ¡Jamás podré encender mis ojos y alumbrar la noche como tú! ¡No insistas; déjame!
―Pero tus antenas son suaves y armoniosas. Puedes prever peligros sin necesidad de luz…
― ¡No seas tonto! ¡Moriré aplastada cuando menos te lo esperes!
―Te sabré defender.
― ¡No lo creo! ¡Sólo podrás dar uno de esos brincos ruidosos que tanto te gustan!
―Mis saltos son hermosos, deberían gustarte.
―Sí, son lindos; pero tampoco me podrán salvar, ¡moriré aplastada!
― ¡Pero te quiero! ―respondió el cocuyo.

*
TRES FÁBULAS DE “EL ÁNIMO ANIMAL" / Texto definitivo, incluido en la edición impresa del libro: Bluebird Editions, 2008.

Tuesday, July 27, 2010

Reinaldo García Ramos / Cuerpos al borde de...

Cuerpos al borde de una isla / Mi salida de Cuba por Mariel


Ilustración de cubierta: Cepp Selgas / Confluencia / Acrílico y óleo sobre lienzo / Díptico / 72X40in. / 2003.
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Para comprar ejemplares de este libro, escriba a:
Reinaldo García Ramos, P.O. Box 403683, Miami Beach, FL 33140
*
Envíe $18.00 por cada ejemplar que solicite. Cada
ejemplar cuesta $15.00, más $3.00 dólares por gastos de
envío en Estados Unidos. Sólo se aceptan cheques
personales de bancos de Estados Unidos o giros postales del
Servicio de Correos de este país. Indique con
claridad el nombre y la dirección del solicitante.

No envíe dinero en efectivo.

Sunday, July 11, 2010

El ánimo animal/Reinaldo G. Ramos/...click!

En El ánimo animal, Reinaldo García Ramos ha reunido un conjunto de fábulas en prosa y en verso que conjugan sensibilidad, inteligencia e imaginación
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Friday, April 23, 2010

Mariel en sus treinta / Reinaldo Garcia-Ramos

Del lado de la verdad
Segunda parte de un articulo tomado del DIARIOdeCUBA.net
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El poeta y editor Reinaldo García Ramos / Miami, 2006 / Foto:George Riverón.

Del lado de la verdad
A los escritores y artistas que vinimos por Mariel nos fue doblemente difícil imponernos y presentar nuestras obras en los medios existentes en Estados Unidos y otros países, precisamente porque muchos círculos de la cultura establecida y algunos incluso de la cultura hispana en Estados Unidos aceptaron esa imagen maniquea. Nosotros habíamos llegado con unas ansias enormes de desarrollarnos como creadores y de mostrar el producto de nuestro trabajo, porque durante muchos años en Cuba nos habíamos sentido asfixiados y sojuzgados por la censura y la inflexibilidad ideológicas (sobre todo durante el estancamiento cultural del decenio de los 70). Esos prejuicios de que hablo nos dificultaron bastante el camino, pero al final logramos imponernos.
Uno de los hechos capitales de esa lucha fue la fundación en 1983 de Mariel; revista de literatura y de arte, que se mantuvo hasta 1985, publicó ocho números, y dejó una huella profunda en la cultura cubana del exilio. La revista surge precisamente para abrir ese espacio que nos negaban ciegamente en muchos entornos e instituciones. Trimestralmente, para costear cada número, cada uno de los integrantes del Consejo de Editores (Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Marcia Morgado, Roberto Valero, Carlos Victoria, Luis de la Paz, René Cifuentes y yo) pondría 100 dólares de su propio bolsillo. Era un sacrificio enorme para unos refugiados que ni siquiera tenían aún sus documentos de inmigración en regla, pero acometimos la tarea con entusiasmo y convicción.
En sus dos años de existencia, Mariel aglutinó a numerosos creadores, sobre todo cubanos exiliados de todas las edades, pero también latinoamericanos y de otras culturas. La sección Confluencias realzó la obra de escritores prestigiosos de épocas anteriores (como José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Carlos Montenegro). No cabe duda de que la revista dejó una huella en el entorno cultural del exilio. Pero además comenzó a forjar una imagen de los cubanos exiliados más compleja y profunda en los medios de prensa norteamericanos. Tras la salida del Número 5, en que publicamos una sección sobre los cubanos y su relación con la homosexualidad, un importante diario muy poco propenso a reflejar aspectos positivos de nuestro exilio dedicó a la revista Mariel un artículo de primera plana (James Brooke: Cuban Exiles Are 'Delirious' About U.S. Literary Freedom, The New York Times, agosto 22 de 1984).
Mariel dejó de publicarse en 1985. Sin embargo, en estos 30 años los artistas y escritores del éxodo no hemos dejado de trabajar, y a estas alturas ninguna persona informada sobre la evolución de la cultura cubana del exilio podrá negar nuestro aporte, nuestra significación. Hemos sufrido pérdidas considerables, en ocasiones a consecuencia del sida; pero todos los que no están ya con nosotros (Arenas, Valero, Victoria; pintores como Carlos Alfonzo, Ernesto Briel, Juan Boza, entre muchos otros) han dejado una obra considerable, forjada en libertad. Y los que aún estamos con vida seguimos trabajando, convencidos hoy, más que nunca, de nuestra misión como intelectuales: estar siempre del lado de la verdad. Nuestro país ha sufrido durante demasiado tiempo una sobrecarga de mentiras.
Reinaldo García Ramos.
Viernes 23 de Abril de 2010, Miami.

Wednesday, April 14, 2010

Llegamos al muelle / Reinaldo García-Ramos

Capítulo del libro inédito Cuerpos al borde de una isla / mi salida de Cuba por Mariel.
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─ Agarre bien al niño ─le dije a la mujer cuando salimos a la explanada y la claridad me encandiló.

Pero ella no escuchaba; estaba como ida, ensimismada. La vi mover los labios, quizás iba rezando. O hablando bajito consigo misma.

─ ¡Arriba, avanzando derecho hacia el muelle! ─nos grito uno de los soldados que custodiaban aquel descampado.

Enseguida otros guardias se pusieron a ambos lados de nuestra fila y nos fueron guiando, se dieron cuenta de que estábamos desorientados. Tras dos días de espera en la pobre iluminación del hangar, nuestras pupilas se asustaron con lo que quedaba del sol; necesitaron cierto tiempo para reaccionar. La madre con sus dos niños iba al frente, pero daba tumbos y no atinaba a avanzar en línea recta. Aunque eran casi las 6 de la tarde, incluso la luz moderada del atardecer nos molestaba.

Al llegar a Mariel el día antes nuestro grupo tenía unas treinta personas; pero se había reducido: seríamos ahora menos de veinte. Nunca supe qué había pasado con los otros. Pero poco importaba; lo cierto era que ya estábamos andando por la explanada, con los guardias al lado, y nos acercábamos cada vez más al enorme espigón donde estaban atracados los barcos. Nadie en la fila dijo nada, nadie miró para ningún lado, pero todos sabíamos que lo que estaba ocurriendo era decisivo.

Aunque íbamos muy despacio, sólo nos tomó unos minutos atravesar el terraplén pedregoso y llegar hasta el muelle. Cada paso me resultó doloroso, difícil, no por nada sentimental, sino porque llevaba unos zapatos horribles que me molestaban en el calcañal. Pero aun así, cuando di los primeros pasos sobre el muelle sentí con gratitud la diferencia que había entre la filosa gravilla de la explanada y las tablas del embarcadero. El espigón estaba hecho de madera corriente, muy astillada, pero yo lo acepté como si fuera una alfombra impecable, divina. Desde que di el primer paso me sentí sosegado, como si flotara.

El soldado que nos guiaba al frente se paró de pronto a un lado del espigón.
─ A ver, a ver, ordenadamente van a ir subiendo a este camaronero… ─se había puesto las manos ante la boca formando una bocina.

En el lugar que él señaló vi un casco de metal rojizo, cubierto de manchas grasientas, que hacia la proa tenía un nombre pintado en grandes letras negras: Cathy Joe. Era un barco bastante grande, un camaronero que mantenía alzadas las grúas laterales, como dos alas raquíticas y rígidas. Alguien comentó que esas grúas le daban a ese tipo de embarcación cierta estabilidad adicional en caso de apuro; nadie del grupo añadió nada, era mejor no hacerse ilusiones de antemano. El barco flotaba con bastante aplomo junto al muelle, pero estaba repleto. Cientos de cabezas se asomaban por la borda en lo alto.

─ ¡Ahí no cabe ni un alfiler! ─me dijo bajito el que estaba detrás en la fila.

Pensé lo mismo, pero no quise responder. Hubo murmullos similares en el resto de nuestro grupo, mientras el soldado esperaba que del barco bajaran una pasarela. De pronto apareció en la cubierta un hombre cincuentón bastante grueso, con gorra de béisbol, rubicundo y de aspecto saludable, que empezó a soltar unos gritos desenfrenados en inglés.

─ That’s it, that’s it! ─le hacía gestos de rechazo con ambas manos a los soldados del muelle para evitar que nosotros subiéramos a bordo─. God dammit! I don’t want any more fucking passengers on my ship! I’ve got already 340! Do you hear me? This ship is overloaded!

Por supuesto, aquel era el patrón del camaronero, y estaba aterrado por la cantidad de personas que ya le habían metido en su nave. Uno no tenía que saber mucho inglés ni ser un marino experimentado para darse cuenta de que aquella embarcación tenía a bordo a una cantidad excesiva de pasajeros.

Los soldados no dieron muestras de inmutarse, ninguno de ellos sabía una palabra de inglés, pero lo que dijera aquel gordo desgañitado los tenía sin cuidado. Uno de ellos que ya estaba desde antes a bordo del camaronero se las agenció entonces para bajar la pasarela y empezó a hacernos señas para que subiéramos. El gordo estalló en nuevas imprecaciones, pero se dio por vencido y desapareció en su cabina de mando.
Ayudé como pude a la madre y los dos niños, que fueron los primeros en empezar a subir. Las manos me temblaban y fue muy poco lo que pude hacer por ellos; pero además, ella de pronto se despojó de todo aturdimiento y empezó a dar unos pasos muy firmes sobre la pasarela inclinada. Llevaba al menor de sus hijos cargado y sostenía al otro por la mano. Curiosamente, los niños estaban muy tranquilos; no lloraron ni preguntaron nada.

Yo la seguí, atento a ella por si resbalaba o algo, y la fila fue subiendo detrás de mí. Sentí como si mis huesos se alargaran y mis movimientos se hicieran más lentos: el ascenso a cubierta me pareció infinito. Debido a la inclinación, tuve la impresión de que cada paso que fui dando era un lento esfuerzo por no retroceder. Parecía que cada pisada en la madera nos estuviera acercando a una explosión, a un cataclismo. Cada tramo que vencía me desprendía pesadamente de las tablas del muelle; pero una densa brea invisible imantaba todavía nuestros cuerpos, los llamaba hacia atrás, hacia la costa, hacia los límites eternos de la isla.

Al terminar de subir tuve que hacer equilibrio para no resbalar en la cubierta. Apenas se podía avanzar, de tanta gente que había allí cerca. Vi que en otras zonas de la cubierta había más espacio libre, pero la mayoría de los viajeros se había acumulado en el lado que quedaba frente al muelle: nadie quería perder su puesto cerca de la borda, para mirar lo que ocurría afuera. Nadie quería perderse un solo detalle de la partida. Con esfuerzo logré dar dos o tres pasos hacia el interior de la cubierta y después me volví para ver si todos los de mi grupo habían llegado. Empinándome un poco vi que ya no quedaba ninguno de ellos en el muelle.

Imagen:
Cepp Selgas / Gifts From The Sea / Acrílico sobre papel / 36x36in. / 2007.